El mundo avanza – Seré breve.

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Quim Monzó – 19/09/2013.

Redacto la factura, la releo, la imprimo, la firmo, la doblo y la meto en un sobre. Normalmente la hubiese enviado en pdf, pero la empresa a la que la envío las quiere en papel y firmadas a mano. Escribo su nombre y su dirección y, al dorso, pequeñito, mi nombre y la mía. Cierro el sobre y abro el último cajón del escritorio. Saco la vieja cajita metálica –de caramelos Napoléon Le Bon Bonbon– donde desde hace décadas guardo los sellos.

Tengo muchos de 0,36 euros, que era lo que costaba enviar una carta (“20 g normalizada ordinaria”) el año pasado. Pero resulta que este año enviar una carta normal cuesta 0,37 euros (y el año que viene, más: todo sube, menos los sueldos).
Voy al estanco y pido sellos de un céntimo. Añadiré uno y así llegaré a la tarifa requerida. El estanquero me dice que no tiene sellos de tan poco valor.

–¿Cómo que no? El año pasado compré sellos de un céntimo, para redondear los de 0,35 euros que tenía del año anterior.
–Ya no los hacen.
–Entonces, ¿qué hacemos con los sellos de otros años?
–Pues vaya a una oficina de Correos y le añadirán lo que falte.

No puede ser. Vuelvo a casa, tecleo “Correos.es” en el ordenador, busco el número de teléfono de atención al cliente y lo marco: 902-197-197. Me responde un chico que me confirma lo dicho por el estanquero: Correos ya no emite sellos de valores tan bajos. Le explico que antes, sí, para llegar a la tarifa correcta. Y entonces me dice que vaya a una tienda de filatelia. Le contesto:

–Pero no le estoy hablando de sellos de coleccionista, sino de sellos vulgares y corrientes, de un céntimo, como los que hasta el año pasado se podían comprar en los estancos.
–Vaya a una tienda de filatelia…
¿Se está quedando conmigo? Decido ir a una sucursal de Correos. Antes, vendían tiras de sellos adhesivos. Aprieto el botón de la máquina que te da el turno. Me da el A121. Van por el A90. Me siento. Cada tanto echo un vistazo a la pantalla. Cuarenta y tres minutos más tarde aparece el A121.

Voy al mostrador y pido cincuenta sellos de un céntimo. Una chica muy amable me dice que no tienen, que el valor más bajo es de 0,37 euros. Le explico el caso. Me dice que, cuando tenga que enviar una carta, ponga en el sobre uno de mis sellos de 0,36 euros, vaya a una sucursal de Correos y que me lo validarán con el céntimo que falta.
–¿Y hacer cuarenta y tres minutos de cola para enviar una simple carta que antes echaba al buzón en dos segundos?
–Pues sí.

Vuelvo a casa, cojo el sobre, me lo meto en el bolsillo y –como la empresa a la que va dirigido está en mi misma ciudad– tomo un taxi y dejo la carta en mano. Dice el tópico que el correo electrónico ha matado al correo tradicional. Si eso es cierto, sería de agradecer que alguien retirase el cadáver de en medio, porque veo que su descomposición será lenta y mucho me temo que la pituitaria no lo soportará.

Artículo recortado del Magazine de La Vanguardia.

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